La venganza se sirve con judias y longaniza

Estoy con mis padres en Las Landas, con la autocaravana.

Charlando de todo un poco, como se charla cuando uno ya ha bajado el ritmo.

Y me he acordado de una cosa que hacía mi madre cuando yo era crío.

Domingo por la mañana.

9 o 10.

Yo, en plena gloria del sueño. Había salido y había llegado poco tiempo antes…

Y entonces…

zum zummmm

El aspirador.

No por el pasillo, no.

Justo al lado de mi habitación.

Y como la puerta estaba cerrada, zas —

golpes con la boca del aspirador contra la puerta.

Toc, toc, toc.

Una especie de alarma de la vieja escuela.

Personalizada y sin botón de repetición.

Yo me despertaba a regañadientes.

Y entonces venía la pregunta trampa:

—¿Te apetece comer esto… o esto otro?

Yo decía “no” a todo, todavía con la almohada pegada a la cara.

Y ella, claro, cocinaba justo eso que yo había dicho que no.

Porque para qué preguntar, si ya tiene el menú en la cabeza.

Era divertido.

Era domingo.

Era mi madre.

Pues ayer se la he devuelto.

Le he pregunté si quería comer unas judías con longaniza.

Me ha dijo que no.

Pues eso comió.

Y nos hemos reído.

Porque el tiempo pasa, pero hay cosas que no cambian.

Esto también es vivir.

Compartir.

Recordar.

Reírnos de nosotros.

Y devolver cariños envueltos en guisos.

Si tienes a tus padres cerca, aprovecha.

Si los tienes lejos, llámales.

Si no los tienes, no los olvides jamás.

Feliz día desde Las Landas.


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