Pero…me puse el limón en la cara
Hay un tipo de ignorancia que no se ve.
Y por eso es la más peligrosa.
No es la ignorancia humilde, la de: “No lo sé, lo miro”.
Esa es sanísima.
Hablo de la otra: la ignorancia con autoestima y confianza.
La que va con el pecho fuera.
La que entra en sala como si ya hubiera ganado.
En psicología tiene nombre: efecto Dunning–Kruger.
Y, como casi todo lo interesante, empieza con una historia que parece un chiste…pero no lo es.
La historia es: El atracador del limón.
6 de enero de 1995. Pittsburgh (EE. UU.)
Un hombre llamado McArthur Wheeler atraca dos bancos a plena luz del día sin taparse la cara.
Ni pasamontañas.
Ni gorra.
Ni gafas de sol.
Nada.
¿Su “plan”?
Se embadurnó la cara con zumo de limón.
Porque sabía que el limón se usa para escribir con “tinta invisible” y pensó:
“Si el limón invisibiliza la tinta…también invisibiliza mi cara”.
Atracó.
Salió.
Atracó el segundo.
Y, cuando lo detuvieron, se quedó sinceramente sorprendido. Se repetía:
“¿Cómo sabéis que era yo si me eché limón en la cara y eso me hace invisible?”
Ese caso inspiró a Justin Kruger y David Dunning para estudiar algo brutal:
que hay gente tan ignorante que, precisamente por ello, no tienen herramientas para darse cuenta.
Y por eso se cree listísima.
La curva maldita.
La idea es sencilla (y nos retrata a todos en algún momento):
Cuando sabes poco, te creces.
Cuando aprendes algo de verdad, te entra el vértigo.
Cuando llevas años, ya no presumes tanto, porque has visto el abismo: todo lo que falta.
Y aquí viene la parte bonita para nosotros.
La paradoja del abogado.
A un abogado según sale de la universidad le pasa a menudo esto:
Sale de la carrera pensando:
“Bueno, ya está. Ya sé derecho”.
Y, objetivamente, es el momento en el que menos derecho sabe.
No por falta de inteligencia.
Por falta de tablas.
Por falta de barro.
Yo lo recuerdo perfectamente: el día que más seguro estaba de mí… era el día que más confundido estaba.
Y luego pasan 10, 15, 20 años.
Y empiezas a decir frases que antes te parecían de viejo:
“Depende”
“Habría que verlo”
“Ojo con esto”
“No lo tengo claro, lo estudio”
Eso es madurez profesional.
Eso es haber pagado facturas con tu soberbia.
Y entonces pasa lo de la junta “ante notario”
Hace poco me ocurrió algo que es Dunning–Kruger con toga.
Junta general de socios. Tema mercantil.
De estos donde el notario está para dar fe.
Se convoca junta ante notario.
La otra parte dice:
“Ok, ante notario”.
Perfecto.
Vamos al notario.
El notario ya ha hecho lo suyo:
ha recibido el requerimiento de los administradores, el mecanismo habitual para que la junta se celebre con su presencia.
Y empieza la junta.
El notario cuenta las participaciones presentes.
100 por 100.
Y pregunta al Presidente si declara válidamente constituida la Junta.
A lo que el compañero (abogado ya talludito), abogado del Presiente, suelta:
— “No queremos que haya junta. Queremos dejar constancia de que no queremos que haya junta.”
Silencio.
Caras de asombro.
El notario lo mira con la paciencia de quien ha visto la vida entera y responde, básicamente:
— “Pero… si usted me ha requerido para que haya junta y su cliente ha sido nombrado Presidente. La junta debe celebrarse. Otra cosa es que se marche y no asista. Pero la Junta va a celebrarse”.
Y el compañero insiste.
Y vuelve.
Y se enreda.
Hasta que intervengo yo y le digo:
— “Igual lo que quieres decir es que queréis votar en contra de los acuerdos.”
Y entonces, como si le encajaran por fin las piezas:
— “Sí, sí, eso, eso.”
La junta se celebró.
Y votó en contra de todo.
¿Moraleja?
No es que ese compañero sea malo.
Seguramente es brillante en su campo.
Pero en mercantil… estaba con limón en la cara.
Lo verdaderamente importante
La lección no es “ríete del otro”.
La lección es miedo útil.
Porque esto nos puede pasar a todos:
Cuando opinas de una materia que no trabajas.
Cuando te metes “a ayudar” en un asunto ajeno.
Cuando hablas demasiado rápido para no parecer inseguro.
Cuando confundes experiencia general con competencia específica.
Y en derecho, ese error no es moco de pavo.
Es una minuta.
Una responsabilidad civil.
Un cliente jodido.
Una demanda contra ti.
Tres reglas que me repito (y te propongo)
1) Pon en duda tu primera intuición. Tu intuición es valiosa… pero también está contaminada por tu ego. Y duda aún más de la IA.
2) No te metas donde no te llaman (sin estudiar). Si vas a entrar en un terreno que no es el tuyo, entra como entra un cirujano: con guantes, con protocolos y con humildad.
3) Si algo te parece “obvio”, revisa si lo es… para ti o para el mundo. La arrogancia suele empezar con una frase:
“Esto es fácil”.
Lo bueno de envejecer en la abogacía es esto:
cada año te vuelve más consciente de tu ignorancia.
Y eso, aunque te baje el tono, te sube el nivel.
Porque el abogado peligroso no es el que duda.
El peligroso es el que no duda nunca.
El que va con limón en la cara… y encima sonríe a la cámara.
Te deseo una Feliz Navidad.
Nos leemos la semana que viene.
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