La vez que mandé a un compañero a freír espárragos

El otro día colgué el teléfono aún compañero.

Literalmente.

Y no lo hice con orgullo.

Lo hice porque no podía más.

Estaba negociando un asunto mercantil.

De tú a tú.

Como siempre hago con los compañeros.

Con educación. Con paciencia. Con apertura de miras.

Siempre digo lo mismo cuando negocio:

“Hoy estoy yo aquí. Mañana estás tú. Empatizo con tu posición porque yo he estado ahí, y tú has estado aquí.”

Yo no le hablo al abogado como si fuese la parte. Le hablo como compañero.

Pero esta vez a mí me habló como si hablase su cliente.

Y cuando un abogado te habla como si fuera su cliente…

Lo que me intentaba vender no era una estrategia jurídica. Era la ensoñación de su cliente.

Y eso no lo puedo comprar.

La cuestión era simple: querían meter una empresa en concurso cuando no estaba en insolvencia real. O mejor dicho cuando le daba una solución total al problema.

¿Por qué?

Porque sabían que el concurso perjudicaba a mi cliente.

La alternativa que ofrecí era clara y económicamente razonable:

• Coche en renting.

• Valor actual aproximado del coche a día de hoy: 30.000 €.

• Carga financiera pendiente: 45.000 €.

• Mi cliente era avalista.

Si vamos a concurso:

• Posible pérdida del vehículo.

• Posible ejecución del aval.

• Administración concursal.

• Costes añadidos.

• Incertidumbre.

Si cerramos acuerdo:

• Mi cliente asume el renting.

• Paga los 45.000 €.

• Se evita el concurso.

• Se reduce el conflicto y evita la ejecución del aval.

No era brillante.

Era simplemente razonable.

Era el mal menor.

Pero el compañero insistía:

— “Es fraude de acreedores.”

— “Es mejor ir a concurso.”

— “Mi cliente piensa que…”

— “Tu cliente se queda con el coche…”

No querían el acuerdo porque querían dañar a mi cliente. Sabían que el concurso le jodería.

Le dije algo muy claro:

“Si tan chollo es el coche, quédatelo tú.”

Silencio.

No lo quería. Nadie en su sano juicio quiere pagar 45k por un coche que vale 30k. Salvo que seas el avalista.

Ahí entendí que no estábamos hablando de Derecho.

Estábamos hablando de orgullo, de ira y de venganza.

Y cuando siguió repitiendo el argumentario absurdo, colgué.

No por el fondo.

Por la forma.

Porque no quería escuchar, no negociar entre compañeros; solo hacía de correa de transmisión de su cliente. Y no estoy para gilipolleces.

Y aquí viene la lección.

Las cosas valen lo que valen.

Y generalmente valen lo que alguien está dispuesto a pagar por ellas.

Ese coche valía 30.000 €.

Mi cliente estaba dispuesto a pagar 45.000 €.

¿Por qué?

Porque el coste de no hacerlo era mayor. Por ser avalista. Esclavo del destino de la deuda.

El valor no es el precio. El valor es el contexto.

Ahora vuelvo a Marchamalo, Guadalajara.

Años atrás tuve un caso parecido.

Una clienta compró en 2008 un chalet en Marchamalo por 300.000 €.

Hipoteca de 300.000 €.

Tras la crisis del 2009, ya en el 2012 el inmueble valía 150.000 €.

Deuda pendiente: 280.000 €.

Patrimonio neto: -130.000 €.

La pareja rompió.

El ex dijo:

— “Me quedo con la casa y con la deuda. Te libero.”

El negocio del siglo para ella.

¿Sabes qué respondió ella?

Que no.

Que quería 20.000 €.

Que quería la mitad.

Que quería la entrada.

Que quería compensaciones.

Le expliqué con números que pasar de -130.000 € a 0 € era un milagro financiero.

Pero ella se empeñó en exigirme que negociara. Me negué. Dije que si quería eso lo lamentaba mucho pero tendría que renunciar al caso.

Porque yo no estoy para hacer el gilipollas. Ni el ridículo.

Costó.

Pero acabó aceptando.

Eso sí, antes quiso que negociara:

Las cortinas de la cocina.

Me negué. Otra vez. Yo no negocio cortinas.

Yo negocio patrimonio.

El problema no es el Derecho. El problema es el ego.

El problema es no entender economía básica.

El problema es no distinguir entre lo que uno desea y lo que uno puede sostener jurídicamente sin hacer el ridículo.

Como abogados, tenemos una responsabilidad:

No alimentar fantasías. No defender lo indefendible.

No convertirnos en altavoces emocionales de nuestros clientes.

Estamos para asesorar.

No para amplificar delirios.

La pregunta incómoda. ¿Te ha pasado? ¿Te has encontrado negociando con alguien que hablaba como si fuera la parte?

¿Has tenido un cliente que prefería perder 130.000 € antes que aceptar una realidad incómoda?

Y más importante:

¿Qué haces tú en esos casos? ¿Cedes?

¿Cobras el doble por negociar cortinas?

¿O cuelgas el teléfono?

Te leo.

Sigo por aquí, haciendo cada vez mejores sesiones con compañeros ahora lo están viendo.

Mientras tanto 100 maneras para dejar de amplificar otros delirios e ir a por lo que te vale y te interesa.


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