No vas camino a tu jubilación

Quiero tocar un punto clave; que duele.

De algo que casi nadie quiere mirar de frente.

Tu jubilación.

Pero…no de la edad. No del importe la pensión. No del retiro.

Quiero hablar de la jubilación de tu despacho.

Porque hay una cosa que duele; y mucho: la mayoría de despachos mueren el mismo día que se jubila su fundador.

Se apaga la luz. Se cierra la puerta. Se baja la persiana.

Y ya está.

Fin.

Ni venta de cartera de clientes. Ni traspaso de negocio. Ni un euro.

Nada.

Después de 20, 30 o 40 años.

Nada.

Hay tres tipos de abogados cuando se acercan al final:

1. Los que cierran y desaparecen junto con su negocio.

2. Los que no pueden jubilarse y siguen peleando en los juzgados hasta el final de los días.

3. Y unos pocos (muy pocos), los que consiguen colocar su cartera a alguien más joven y rascar una renta.

Eso último ya es algo. Es una salida digna.

Pero no es un activo. Un activo es otra cosa.

Yo quiero ser otro tipo de abogados; los que crean un activo.

Los que trascienden.

Un activo es algo que funciona sin ti. Algo que alguien quiere comprar. Algo que genera dinero aunque tú no estés.

Un despacho que depende de ti no es un activo.

Es autoempleo. Bien pagado…o no.

Pero autoempleo.

Aquí viene la pregunta, cruda:

¿Tu despacho podría sobrevivir si mañana desapareces?

Si la respuesta es no (y en la mayoría lo es) no tienes un activo.

Tienes un puesto de trabajo con tu nombre.

En otros sectores esto lo entendieron hace décadas.

Te pongo un ejemplo.

El caso “Llongueras”

Un famoso peluquero. Voz rota y peinado de quien no tiene peluquero.

Convirtió su nombre en una marca. Su forma de trabajar en un sistema.

Su estilo en un estándar replicable.

Y creó algo brutal:

Una red.

Franquicias. Procesos. Identidad. Formación.

Hasta el punto de que el negocio sobrevivió…incluso sin él.

Sí, porque tras una crisis societaria en su propio negocio, el autor, fue expulsado.

Lo echaron.

Como lo lees.

El nombre sin el hombre.

Pero dio igual, siguió funcionando sin él.

Eso es un activo.

¿Se puede hacer eso en la abogacía?

No lo sé del todo.

Le doy vueltas cada día.

Si estás en un gran despacho, desde luego que sí. Pero yo no hablo de esos monstruos; hablo de abogados individuales o pequeños despachos.

Mi gente.

Y en esta abogacía; pequeña y de supervivencia, crear un activo es muy jodido.

Sobre todo si seguimos haciendo lo que hacemos hasta ahora.

Porque el modelo clásico del pequeño despacho tiene tres virtudes / problemas:

1. El cliente viene por ti.

2. El conocimiento está en tu cabeza.

3. La confianza es personal e intransferible.

Eso es bonito.

Pero no es vendible.

Si quieres construir un activo, tienes que empezar a traicionarte un poco.

Sí.

Traicionar esa idea romántica del abogado imprescindible.

Y empezar a construir algo que funcione sin ti.

Quizá el camino va por aquí:

* Marca personal… pero convertida en marca de despacho.

* Sistema de trabajo documentado.

* Procesos repetibles.

* Equipo; equipo que ejecuta sin depender de ti.

* Especialización clara.

* Valores identificables y transmisibles.

No tengo la fórmula.

Te lo digo claro.

Pero estoy obsesionado con esto.

Porque no quiero que el día que me jubile…mi despacho valga cero.

Y tú deberías hacerte la misma pregunta.

Hoy, ahora, no cuando tengas 65.

Porque el activo no se construye al final.

Se construye durante toda la partida.

La pregunta no es si te jubilarás.

La pregunta es:

¿te irás…o venderás?

Si quieres obsesionarte conmigo, te espero aquí.


Si quieres enriquecer suscríbete ahora mismo aquí.

Suscribirse es gratis, darse de baja no es una opción, ya lo verás.

Artículos relacionados

De quién es

Hace unos días inauguramos en el Real Ilustre Colegio de Abogados de Zaragoza una sección nueva. Una sección distinta. La hemos llamado Sección de Desarrollo…