¿Somos gilipollas?
¿Has pensado alguna vez lo que gana una inmobiliaria por venderte una casa?
Un 3%, un 4%, un 5%.
A veces se lo cobra al vendedor.
A veces al comprador.
Y a veces, directamente, a los dos.
Una casa de 300.000 euros.
Haz la cuenta.
12.000 euros.
15.000 euros.
Por hacer unas fotos, colgar el anuncio en Idealista, abrir la puerta, decir que el salón tiene mucha luz y acompañarte a la notaría.
Sí, ya lo sé.
Dirán que hacen muchas más cosas.
Que filtran compradores.
Que negocian.
Que conocen el mercado.
Que evitan pérdidas de tiempo.
Que aportan valor.
Y seguramente en muchos casos sea verdad.
Pero ahora piensa en ti.
Piensa en lo que tienes que trabajar tú para cobrar 15.000 euros.
Piensa en las reuniones.
En los correos.
En los documentos.
En las llamadas.
En los plazos.
En las noches pensando en el asunto.
En las demandas.
En las contestaciones.
En las audiencias previas.
En los juicios.
En los recursos.
En las negociaciones.
En los clientes que te escriben un domingo.
En los clientes que no entienden nada.
En los clientes que creen que todo es fácil porque tú haces que parezca fácil.
Y ahora piensa en la responsabilidad.
Si una inmobiliaria enseña mal una casa, no pasa nada.
Si tú presentas tarde un escrito, sí.
Si una inmobiliaria se equivoca en una frase, no pasa nada.
Si tú te equivocas en una cláusula, sí.
Si una inmobiliaria no duerme pensando en la operación, será por nervios comerciales.
Si tú no duermes, muchas veces es porque sabes que detrás de tu trabajo hay una empresa, una familia, un patrimonio, un despido, un concurso, una herencia, una indemnización o directamente la vida de alguien hecha un lío.
Y aun así, ahí estamos.
Pidiendo perdón por cobrar.
Justificando cada minuto.
Regalando llamadas.
Haciendo consultas gratis.
Aceptando urgencias como si fueran favores.
Mandando presupuestos con miedo.
Rebajando honorarios antes de que el cliente diga nada.
Explicando que nuestro trabajo “no es solo presentar un papel”.
Como si tuviéramos que pedir permiso para ganarnos bien la vida.
Por eso me pregunto si somos gilipollas.
No porque no sepamos derecho.
No porque no trabajemos.
No porque no aportemos valor.
Al contrario.
Somos gilipollas porque aportamos muchísimo valor y muchas veces somos los primeros que no nos lo creemos.
Somos gilipollas porque hemos normalizado que lo difícil parezca gratis.
Somos gilipollas porque hemos confundido vocación con rebaja.
Somos gilipollas porque dejamos que otros sectores cobren porcentajes altos por operaciones relativamente simples, mientras nosotros discutimos con nosotros mismos si 1.500 euros por salvarle un problema serio a un cliente será demasiado.
Y no, no se trata de despreciar a las inmobiliarias.
Se trata de aprender de ellas.
Ellas han entendido algo que muchos abogados todavía no hemos entendido:
que el precio no se fija solo por las horas que echas.
Se fija por el valor que aportas.
Por el problema que resuelves.
Por el riesgo que asumes.
Por el conocimiento que tienes.
Por la tranquilidad que das.
Por el dinero que haces ganar.
Por el dinero que evitas perder.
Por el marrón que quitas de encima.
No es cuánto tardas.
Es cuánto vale para tu cliente que tú sepas hacerlo.
Hay que recordarse que cuando un cliente viene a ti no está comprando folios.
No está comprando correos.
No está comprando PDFs.
No está comprando horas.
Está comprando criterio.
Está comprando seguridad.
Está comprando estrategia.
Está comprando que alguien que sabe se ponga delante del problema y diga:
“Déjame a mí.”
Y eso vale dinero.
Mucho dinero.
El problema es que, mientras no nos lo creamos nosotros, nadie nos lo va a reconocer desde fuera.
Así que quizá la próxima vez que vayas a mandar un presupuesto y notes esa vocecita interior diciéndote “igual es mucho”, acuérdate de la inmobiliaria.
Acuérdate de los 15.000 euros.
Acuérdate de tu responsabilidad.
Acuérdate de tus noches.
Acuérdate de todo lo que sabes.
Acuérdate de todo lo que evitas.
Y entonces manda el presupuesto.
Sin temblar.
Sin pedir perdón.
Sin justificarte como si estuvieras cometiendo un delito.
Y es que el problema de muchos abogados no es que cobren demasiado, es que cobran demasiado poco para el valor que realmente aportan.
Y hasta que no entendamos esto, seguiremos siendo eso.
Muy buenos abogados.
Muy trabajadores.
Muy responsables.
Muy sacrificados.
Y un poco gilipollas.
Aquí te espero para dejar de serlo…un poco.
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