6 horas para cinco minutos
¿Sabes lo que más me jode?
No es perder un caso.
Es perder el tiempo.
Ayer martes tuve que tragarme tres horas de carretera para una vista en Móstoles.
Desde Zaragoza.
Y no, no fue una vista compleja, con pruebas, testigos o fuegos artificiales. Fue una vista de ejecución… de una sentencia que ya se había cumplido.
Mi cliente desmontó la construcción objeto del pleito dentro del plazo legal, y lo notificó por escrito al juzgado. Pero la otra parte, en un acto digno de los más finos kamikazes procesales, decidió presentar una demanda de ejecución. Ignorando el cumplimiento previo.
Y lo más bonito: el juzgado admite a trámite esa ejecución sin pestañear.
Yo me opongo, claro.
Presento el escrito.
Argumento.
Aporto pruebas.
Pero el juzgado, cómo no, decide que mejor nos vemos las caras.
Le pido vista telemática y no, el Juzgado dice que no a la vista telemática.
Ya sabes, las leyes procesales solo están para los abogados.
Para nadie más.
¿Resultado?
Tres horas de ida.
Tres de vuelta.
Ciento y pico euros en gasolina.
Riesgos, tiempo, desgaste.
Y todo para lo que ya sabíamos: que la obra estaba desmontada y la sentencia cumplida.
Esto no es justicia. Es teatro.
Y del malo.
Ahora a la espera de que el Juzgado condene en costas a la actora.
Y todo por una cabezonería de una compañera, que en lugar de ir a ver el lugar de los hechos y confirmar que todo estaba cumplido, hace caso a su cliente; a quien no le mueve la lógica sino la avaricia.
Y surge una duda ¿quién va a pagar las costas?
¿La abogada o la cliente?
Sea quien sea, me las van a pagar a mí.
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