El cliente no viene a ver esta película
Existen clientes que saben lo que es un juzgado.
Empresarios que han tenido pleitos. Administradores que han declarado veinte veces. Gente que ya sabe que aquello no se parece demasiado a lo que sale en las películas.
Y luego están los otros.
La mayoría.
Clientes que llegan al juzgado pensando que aquello será una especie de escena final de película americana. Que alguien les dará la palabra. Que podrán explicar su verdad. Que el juez les mirará a los ojos y escuchará su historia desde el principio hasta el final…
Y no.
A veces no van a hablar.
De hecho, en un juicio civil o mercantil, si la parte contraria no pide el interrogatorio de tu cliente, tu cliente no declara.
Primer chasco.
— ¿Cómo que no voy a hablar?
Pues eso.
No vas a hablar.
La justicia pasa por el justiciable, pero muchas veces el justiciable no pasa por la justicia.
Por eso yo intento explicar siempre a los clientes qué va a ocurrir en sala.
Quién habla primero. Quién habla después. Si habrá prueba. Si habrá conclusiones. Si van a declarar. Si no van a declarar. Si aquello va a durar tres horas o diez minutos.
Hace unos días tuve una vista de medidas cautelares.
Mi cliente era demandado. Le pedían unas medidas cautelares contra él.
Antes de entrar, se lo expliqué:
— Esto va a durar diez minutos. La parte actora se va a ratificar. Yo voy a oponerme. No habrá más prueba que la documental. No habrá conclusiones. Y quedará visto para resolver.
Entramos.
Y pasó exactamente eso.
La parte actora dijo:
— me ratifico.
Yo hablé diez minutos, como una metralleta, explicando la oposición, aportando documentos y tratando de meter en muy poco tiempo todo lo que había que meter.
Y se acabó.
Visto para resolver.
Mi cliente, que estaba avisado, salió descolocado.
No enfadado conmigo.
Descolocado con el sistema.
— Qué frío es todo esto.
Y tenía razón.
Una cosa es que te expliquen cómo funciona la justicia y otra muy distinta es verla funcionar.
Una cosa es saber que no vas a hablar y otra estar allí sentado, viendo cómo se decide algo importante sobre tu vida o sobre tu empresa, mientras tú permaneces en silencio.
Y pensé:
Si mi cliente, que estaba preparado, salió así, imagina cómo salieron los clientes de la parte contraria, que solo escucharon a su abogado decir “me ratifico” y luego me escucharon a mí hablar durante diez minutos.
De esto saco tres cosas.
La primera: hay que hacer pedagogía con los clientes. Siempre. No basta con llevar bien el pleito. Hay que explicar el escenario.
La segunda: el cine ha hecho mucho daño. El juicio real no tiene épica. Tiene trámite.
La tercera: la justicia, muchas veces, es fría. Muy fría.
Y por eso el abogado no solo defiende.
También traduce.
Traduce el procedimiento.
Traduce los silencios.
Traduce esa sensación tan rara que tiene el cliente cuando descubre que su día en el juzgado no se parece en nada al día que había imaginado.
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