Las costas procesales: el edificio torcido
Hay cosas en la abogacía que están mal diseñadas desde el origen.
Mal ejecutadas.
Mal interpretadas.
Mal paridas desde el principio.
Y uno de esos monstruos (porque ya es un monstruo) son las costas procesales.
El sistema de costas es como un edificio levantado sobre el vértice de un triángulo. Inestable por definición.
Antinatural.
Tenso.
Sostenido por pura costumbre y miedo a tocarlo.
Y sobre ese vértice torcido se sostienen miles y miles de procedimientos judiciales.
Algún día caerá.
Y cuando caiga, caerá sobre muchos abogados.
Porque nadie, absolutamente nadie, quiere meterse a desmontar este engendro.
El primer problema: convertir las costas en una commodity
Las costas se han convertido en un activo de mercado.
Sí, como el oro.
Como el petróleo.
Como una acción cotizada en bolsa.
Un activo especulativo.
Hoy existen empresas (ni siquiera despachos) montadas por perfiles puramente empresariales que hacen una cosa muy simple:
Meten dinero en marketing masivo
Captan miles de clientes
Contratan abogados como mano de obra barata
Pactan éxito
y se quedan las costas
Procesos en masa:
Cláusula suelo
Revolving
Abusivas bancarias
Derecho de consumo
El cliente no paga.
La empresa cobra costas.
El abogado cobra poco y mal.
El abogado ya no es el titular del cliente.
Ni de la relación.
Ni del valor.
Ni del resultado.
Es un ejecutor subcontratado.
Y eso, aunque muchos no quieran verlo, es una degradación estructural de la profesión.
El segundo problema: vivir del contrario.
Te dejo una frase para que te la grabes a fuego:
No puedes cobrar del contrario lo que no eres capaz de cobrar a tu cliente.
Si tu modelo depende de que pague el perdedor, tu modelo es débil.
Porque:
no controlas el resultado
no controlas la tasación
no controlas la moderación del LAJ
no controlas la ejecución
no controlas la insolvencia
Vivir de costas es vivir de un tercero al que no sirves.
DÉBIL.
Tu cliente es quien debe pagarte. Siempre.
Las costas son el premio.
No el sustento.
Cuando inviertes el orden, te conviertes en:
sustituible
prescindible
barato
intercambiable
Y cuando eres intercambiable, el mercado te paga como tal.
El tercer problema: el espejismo del éxito masivo
Sí, algunos se han hecho muy ricos con este modelo.
Es verdad.
Tan verdad como que han acabado quebrados al final.
Pero la pregunta correcta es quién ganó.
Y quien ganó no tenía porqué ser abogado.
Han ganados empresarios.
La segunda pregunta correcta es cuántos se quemaron.
Despachos reventados por:
Volumen sin margen, clientes sin vínculo, pleitos en serie, honorarios mínimos y
dependencia total de la condena en costas
El cuarto problema: la perversión del sistema
Hace nada han condenado a un abogado por mala praxis.
Y el demandante no fue su cliente, fue un banco al que demandó.
Al que demandó por tan nimias acciones en busca de costas que acabó condenado por daños y perjuicios.
¿Qué hacía?
En lugar de meter una demanda con todas las cláusulas abusivas de un contrato, metía una demanda por cada una de ellas.
Le salió bien al principio; costas en cada pleito, pero ahora, ojo, en primera instancia, condenado.
Y es que cuando las costas son el motor:
se litiga lo que no debería litigarse
se judicializa lo que debería negociarse
se empuja al procedimiento aunque no convenga
se trocean las demandas
se satura el sistema
Y luego nos quejamos de la lentitud judicial.
Porque sí, hay y debe haber justiciables de primera y de segunda.
Lo que sí es sano (aunque no sea popular) es este modelo:
Cobras a tu cliente
Explicas tu valor
Pones precio
No te escondes
No dependes de terceros
Si luego hay costas: bienvenidas.
Pero como bonus.
No como respirador artificial.
La relación abogado–cliente debe sostener el despacho.
No la condena al contrario.
¿Quieres ir a éxito?
Hazlo.
¿Quieres montar máquina de pleitos?
Hazlo.
Es tu decisión… pero…. [La semana que viene seguiré con esto de las costas]
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Léelo.
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