Costas procesales: el sistema de extracción perfecto (Parte II)
En el LOE anterior te dije que el sistema de costas está mal parido.
Hoy te digo algo peor:
No es solo un sistema mal diseñado.
es un sistema diseñado para que otros ganen.
Y el abogado (el profesional, el autónomo, el que estudió, el que se juega su nombre y su carrera) sea el que pone el cuerpo.
Quinto problema: ¿quién gana con esto?
Esta es la pregunta que nadie quiere hacer.
Porque cuando la haces, se te cae el relato.
Las costas procesales se han convertido en la expresión máxima de la plusvalía de Marx.
Sí. Marx.
El viejo barbudo tenía razón en esto.
Porque el mecanismo es exactamente el mismo:
El abogado produce el valor.
Otro se apropia del resultado.
Y el abogado cobra un salario de mierda.
Las costas, que deberían ser un mecanismo compensatorio dentro de un procedimiento judicial, se han transformado en un sistema de extracción.
Ya no gana el abogado.
Gana el empresario.
Gana el que invierte en publicidad.
Gana el que tiene una estructura para captar miles de casos y convertirlos en “tickets”.
Y luego contrata licenciados (abogados colegiados incluso) como mano de obra barata para litigar en serie.
No para defender.
Para producir.
Producir condenas.
Producir costas.
Producir dinero.
El abogado deja de ser abogado y pasa a ser operario.
Y aquí viene lo más grave:
El abogado deja de ser un profesional autónomo.
Se convierte en un engranaje.
Un currante.
Un ejecutor.
Un tipo que se pasa el día redactando demandas clonadas, asistiendo a vistas rutinarias y ejecutando procesos sin alma para que otro se haga de oro.
Y ojo, no te engañes:
Sí, tú en tu pequeño despacho puedes ganar dinero así.
Eres un afortunado.
Pero lo normal no es ese escenario.
Lo normal es este:
Un junior, o no tan junior, que cobra poco más del SMI, y que se pasa el día litigando para enriquecer a un tercero.
Un tercero que no es abogado.
Un tercero que no asume el riesgo profesional.
Un tercero que no responde disciplinariamente.
Un tercero que no se juega su reputación.
Pero que se queda el beneficio.
Sexto problema: ¿de quién son las costas?
Y aquí viene el núcleo del absurdo.
Porque la pregunta sigue sin tener una respuesta clara y pacífica:
¿Las costas son del cliente o del abogado?
Y ahora hay una tercera variable, mucho más incómoda:
¿o son del empresario de las commodities jurídicas?
Ya sabes la respuesta.
Porque si el cliente no paga, y el abogado cobra salario, ¿quién es el dueño real del sistema?
El que lo financia.
El que lo explota.
El que lo industrializa.
Si tan bueno era… ¿por qué quiebran?
Y entonces aparece la gran paradoja.
Si este sistema es tan perfecto…
Si las costas son el gran chollo…
Si el éxito es tan seguro…
¿por qué han ido quebrando una a una las macroempresas de reclamaciones de consumo?
Arriaga y otras tantas.
No las voy a llamar despachos.
Porque no lo son.
Un despacho resuelve problemas.
Estas estructuras no resuelven problemas: extraen beneficios.
Son fábricas procesales.
Y han quebrado porque el sistema no es tan rentable como parece.
¿ Y por qué?
Porque:
hay moderaciones.
hay impugnaciones.
hay ejecuciones fallidas.
hay insolvencias.
hay retrasos judiciales.
hay costes internos enormes.
hay un volumen que te devora.
Y porque, sobre todo, viven de algo que no controlan.
Viven del contrario.
Y eso, en un mercado real, es una ruina esperando su momento.
El problema fiscal: el cliente recibe costas… ¿y luego qué?
Aquí es donde el sistema ya entra en el terreno de lo grotesco.
Porque imagina este escenario típico:
El cliente cobra costas.
Luego paga a su abogado.
Pregunta:
¿Eso tributa como ganancia para el cliente?
Seguramente sí.
Y luego pregunta dos:
¿puede compensarlo como gasto deducible por haber pagado abogado?
Seguramente no.
Porque el pago del abogado, en la mayoría de casos de particulares, no es gasto fiscalmente deducible.
Resultado:
El cliente puede terminar tributando por una “ganancia” que no es ganancia real, porque se la ha gastado en pagar al profesional.
Un sinsentido fiscal.
Otro más.
Consejo práctico: deja de jugar a ser ONG.
Aquí viene lo que de verdad importa.
Lo que importa no es la teoría.
Lo que importa es que tú comes cada día.
Y si no cobras, no hay despacho.
No hay LOE.
No hay futuro.
No hay nada.
Por tanto, consejo claro:
1) Cobra por tu trabajo. Y cobra parte por adelantado.
No existe el “ya cobraré de las costas”.
Porque mientras llega la tasación:
tú has trabajado.
tú has pagado autónomos.
tú has pagado oficina.
tú has pagado gestoría.
tú has pagado vida.
No hay caso ganando si tú te mueres de hambre.
2) Pacta por escrito que las costas son para ti.
Y aquí viene la jugada inteligente:
Pacta que las costas son tuyas.
Y pacta, además, que el cliente te cede el crédito del cobro de costas para que el juzgado te pague directamente a ti.
Así evitas:
problemas de cobro.
discusiones con el cliente.
tentaciones humanas (“ya me lo gasto y luego te pago”).
y, muy importante: el impacto fiscal en el cliente.
Esto último es clave.
Porque si el cliente cobra costas y luego te paga, puede tener una imputación de renta.
En cambio, si el pago se canaliza directamente hacia ti, reduces ese riesgo.
3) Hazlo valer ante el juzgado.
Y sí, ya sé lo que estás pensando.
“Raúl, no todos los LAJ aceptan esto.”
Correcto.
No todos lo aceptan.
Pero es una práctica legítima.
Y cada vez más necesaria.
Porque si no lo haces, pasa lo siguiente:
Las costas se consideran del cliente. El cliente cobra.
Y tú, si no tienes pacto sólido, no tienes derecho real a exigirlo.
Y ahí empiezan los dramas.
Los dramas que no salen en Instagram.
4) Y si quieres ser ecuánime…hazlo bien.
Si quieres ser justo, y el cliente te ha pagado provisión o parte de honorarios, tienes una opción elegante:
Devuelves al cliente lo que pagó.
Y haces tuyo el resto de costas.
Así queda limpio.
Así queda justo.
Así queda profesional.
Y así se evita la sensación de que las costas son un “premio sorpresa”; son tu reconocimiento.
Conclusión: este edificio está torcido y nadie quiere enderezarlo.
El sistema de costas es un edificio mal diseñado.
Lo construyó un arquitecto sin sentido.
Y lo más peligroso no es que esté torcido.
Lo más peligroso es que la gente ya vive dentro como si fuera normal.
Como si fuera un sistema justo.
Como si fuera estable
Como si fuera eterno.
Pero no lo es.
Y el día que caiga, caerá con estruendo. Cuando conviertes un mecanismo jurídico en un mercado de extracción, lo único que estás haciendo es lo mismo que hacen siempre los mercados:
Exprimir hasta que se rompe.
Y el que se rompe no es el empresario.
El que se rompe eres tú.
El abogado.
El profesional.
El que está en sala.
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