Hablemos del cliente indisciplinado

Existe un mantra personal para el abogado serio y responsable.

Aparece cuando se encuentra con un ejemplar de la especie de “cliente” que empieza a abundar.

«El cliente indisciplinado no es mi cliente».

El cliente que no quiere abogado.

«El cliente indisciplinado no es mi cliente».

Quiere una marioneta sobre la que mandar.

«El cliente indisciplinado no es mi cliente».

Un cliente que más que un cliente es un usuario de tu despacho.

«El cliente indisciplinado no es mi cliente».

La gente del turno conoce bien la diferencia entre cliente y usuario.

Uno te contrata porque confía en ti.

Pone su dinero en tu despacho.

El otro exige a su abogado, como usuario empoderado.

Sí, no todos, ya me entiendes.

«El cliente indisciplinado no es mi cliente».

Esta semana me he encontrado tres de esos.

El primero es un posible cliente intoxicado por chágepeté. Esos que vienen con el asunto “estudiao”, con capturas, con respuestas, con objeciones, con comentarios…todos sacados de una máquina que, en cuanto baja al barro de un caso real, si no está bien enfocada, falla más que una escopeta de feria.

En una junta general, por ejemplo, confundía las manifestaciones de los socios con los acuerdos que se adoptan. Y como chágepeté le decía que ciertas manifestaciones de la otra parte podían perjudicarle, pretendía que yo las quitara del acta.

No.

Las manifestaciones son manifestaciones. Los acuerdos son acuerdos. No se borra del acta lo que a uno le incomoda. Se combate, se matiza o se responde. Pero no se falsea la realidad porque lo diga una pantalla.

El segundo es el posible cliente que pretende decirte hasta cómo tienes que hacer tu factura. Le mandas el concepto y te responde con un tratado sobre cómo quiere que lo redactes. Como si el despacho fuera suyo. Como si la factura la emitiera él. Como si el criterio profesional, fiscal y documental lo marcara el cliente.

Tampoco.

Mi factura la redacto yo.

El tercero es quizá el más revelador: el cliente quebrado que se extraña de que le pidas provisión de fondos para tramitar un concurso. Te dice que cómo te va a pagar por adelantado si no tiene dinero. Y uno piensa: precisamente por eso. Precisamente porque no tienes dinero. Precisamente porque vas a cerrar. Precisamente porque mañana será peor que hoy.

Pero lo que es aún más grave; denuncia que lo de cobrar por adelantado es ilegal.

No plantea pagar a plazos, no. Exige pagar al finalizar. Por qué es lo legal, según él (tócate los pies) y porque no se fía que te pague y no trabajase, a modo de garantía.

¡Lo que hay que ver!.

«El cliente indisciplinado no es mi cliente».

Hay clientes que no buscan ayuda.

Buscan trasladarte su problema.

Imponiendo además su criterio.

Y solidarizar las consecuencias de sus malas decisiones.

Aquí es donde el abogado se juega todo: se juega su posición.

Nuestro trabajo no es solo resolver problemas jurídicos.

También es evitar que los problemas de los clientes se conviertan en nuestros problemas.

Solo deben convertirse en nuestro trabajo.

Serio y responsable.

Pero solo eso; trabajo.

Mandar en tu despacho también es abogacía.

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