El alumno se sentó enfrente del profesor
Hace unos días asistí a una Junta General de socios.
Todo normal, hasta que vi al abogado de la parte contraria.
Me resultaba familiar.
Era él.
Mi profesor de Derecho Civil.
El que hace veinticinco años me enseñó qué era una acción de responsabilidad contractual, con su voz pausada y su chaqueta de pana.
Nos dimos la mano con respeto.
Él ya mayor, claro.
Pero es que yo llevo ya veinte años en ejercicio.
Se dice pronto.
Fue un momento curioso.
Un poco de vértigo.
Porque en la cabeza uno sigue sintiéndose aprendiz, pero la realidad te planta delante de quien te enseñó… y ya no hay pupitre.
Hay toga. Hay papeles. Hay estrategia.
No te voy a decir que gané.
Ni que él perdió.
No iba de eso.
Iba de mirarnos a los ojos como colegas.
De saber que el tiempo ha pasado y que cada uno ha seguido su camino.
Y de alguna manera, esa Junta fue una especie de examen final.
Pero sin tribunal.
Sin notas.
Solo con la constatación de que, al menos en mi caso, valió la pena el camino.
La abogacía te regala momentos así.
Que no salen en las estadísticas ni en las sentencias, pero que se quedan contigo.
Y si quieres llegar a ese punto, donde los años pesan pero no cansan, tendrás que hacer las cosas bien.
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