El valor de construir y el valor de destruir
Verás.
Hay algo que siempre me llama la atención.
Cuando una persona se casa, un evento clave en su vida, no escatima en gastos.
Se monta una fiesta brutal, con un desembolso económico increíble.
Lo mismo ocurre cuando alguien compra una casa.
La comisión a la inmobiliaria puede ser de 6.000, 7.000, 8.000 o 9.000 euros… y se paga.
Se acepta sin demasiadas quejas.
Porque, al fin y al cabo, se está construyendo algo: una familia, un hogar.
La paradoja viene después.
Cuando toca destruir ese hogar en un divorcio.
Cuando toca enfrentarse a un pleito.
Cuando la vida te pone delante un problema gordo.
Ahí, de repente, la gente empieza a escatimar.
Y ahí entramos nosotros, los abogados.
Aportamos soluciones, evitamos problemas de cabeza, defendemos en situaciones complejas…y, sin embargo, muchos clientes ponen pegas a nuestros honorarios.
Mientras tanto, pagar 9.000 euros a una inmobiliaria que solo ha puesto un cartel y ha enseñado una casa…eso no parece tan grave.
Es llamativo.
Y es una reflexión que me hago y que os lanzo:
¿Por qué pasa esto?
¿Por qué se paga sin rechistar cuando se construye, pero se regatea cuando toca resolver un conflicto?
Ahí dejo la pregunta.
La respuesta, la tenemos que construir entre todos.
Porque en realidad nosotros deberíamos ser mucho más caros.
Porque nuestro trabajo es más duro, arduo y trascendente.
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