La mala imagen del abogado

Cada vez que hablo con la gente de la calle, con quienes no tienen nada que ver con el Derecho, siempre les pregunto por su experiencia con los abogados.

Y la respuesta es casi unánime: mala experiencia.

Este es uno de los grandes problemas que arrastra nuestra profesión.

El cliente no distingue entre la lentitud de la Justicia, los fallos del sistema o la dificultad del asunto.

Para él, todo eso se traduce en lo mismo:

“mi abogado no ha hecho bien su trabajo.”

Y aquí está nuestra responsabilidad: dar una buena imagen.

No es un detalle menor, es la base de la profesión.

¿De qué depende esa buena imagen?

De tres cosas muy simples:

Pedagogía. Explicar al cliente lo que viene, cómo funciona la Justicia, qué puede esperar y qué no.

Transparencia. Dejarle claro cuánto cuesta, qué alternativas tiene y qué riesgos asume.

Responder. Cuando un cliente llama, no lo hace para tocarte los cojones. Llama porque tiene una necesidad. Y la mayor queja hacia los abogados es esta: “mi abogado no me coge el teléfono” o “tarda una eternidad en contestar.”

Si queremos dignificar la profesión, tenemos que empezar por ahí.

Porque la buena imagen no es humo, es confianza.

Y sin confianza no hay clientes.

En El Círculo tenemos clarísimo esto, y te puedo enseñar cómo gestionarlo.

Para que ningún cliente que pase por tu despacho, aunque se lleve la mayor de las derrotas, se lleve también la sensación de haber tenido una buena experiencia.

Porque una cosa es perder un pleito.

Y otra muy distinta es que el cliente piense que ha perdido también contigo.

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