Primero Dios luego el milagro

En esta profesión tienes que saber jugar a ser Dios y, cuando toque, a ser sacerdote.

Primero te sientas con el cliente, revisas el caso, escudriñas los papeles, calibras jurisprudencia, y desde esa posición elevada que da el conocimiento, dictas sentencia:

— Esto te lo pueden dar.

— Esto, ni de coña.

— Y esto… puede, pero difícil.

Esa es la posición científica.

El abogado-científico.

Razonas.

Diagnosticas.

Predices.

Juegas a ser Dios: verdad, razón, justicia.

Pero luego viene el segundo acto.

El cliente asiente, te escucha… y luego te suelta su deseo.

Quiere lo imposible.

Lo improbable. Lo que tú, desde tu toga de sabio, ya habías descartado.

Y ahí, si eres un buen abogado, no dices “no se puede”, dices:

“vamos a ver cómo lo defendemos”.

Te quitas la bata de científico y te pones la sotana de sacerdote.

Te vuelves creyente.

Un converso del argumento.

No mientes.

No inventas.

Encuentras.

Porque siempe hay una fisura en la norma, una arista en el hecho, una luz en la sombra.

Y ahí está el arte: saber pasar de una posición a otra sin perder la dignidad ni la lógica.

La abogacía es eso. Ciencia y fe. Juez y apóstol.

Y quien solo domina una de las dos… está jodido.

En EL CÍRCULO aprendes a dominar ambas.

A hacer milagros sin mentir.

A defender lo indefendible con argumentos de oro.

¿Vienes o sigues rezando solo?

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