P*ta vida

Hay una cosa que me llama cada vez más la atención de muchos compañeros.

Gente con uno, cinco, diez, quince, veinte años de ejercicio…que todavía no ha aceptado una verdad elemental:

La abogacía es dura.

Dolorosa. Cruel a veces. Infinitamente complicada.

Y no pasa nada por decirlo.

El problema no es que sea dura.

El problema es no haberlo aceptado todavía.

Porque veo abogados que no paran de quejarse de cosas que son intrínsecas a la profesión.

“Es que el cliente me llama a deshoras.”

“Es que el cliente me pregunta cada semana qué hay de lo suyo.”

“Es que tengo presión.”

“Es que no descanso.”

Bienvenido.

Eso no es una anomalía del sistema.

Eso es el sistema.

No existe una abogacía tranquila.

No existe una abogacía apacible.

No existe una abogacía de retiro espiritual.

No hay una versión “zen” de esta profesión.

La abogacía no es yoga.

La abogacía es puto rock and roll.

Y cuanto antes lo aceptes, antes empezarás a vivir esta profesión como hay que vivirla:

Con valentía.

Con carácter.

Echando para adelante.

Si no estás capacitado para esto, no pasa nada.

De verdad.

Hay mil profesiones dignísimas.

Pero deja de pretender que el mundo cambie para adaptarse a tu umbral de incomodidad.

Eso no va a pasar jamás.

La abogacía es inexorable.

Yo siempre recuerdo una escena de Hermanos de Sangre.

La 101 aerotransportada está bajo un bombardeo brutal.

Uno de los soldados se pone a llorar. Cree que no hay salvación.

Pero en un bombardeo no hay negociación.

No hay justicia.

No hay consuelo.

Solo hay azar.

O te cae.

O no te cae.

Pues la abogacía, en muchas cosas, funciona igual.

Vas a sufrir.

Es parte del oficio.

Ahora viene la parte importante.

No sufrimos a cualquier precio.

Porque hay otra verdad incómoda que muchos tampoco quieren mirar de frente:

Los abogados, en general, tenemos acceso a niveles de ingresos a los que no llega el 90% de la población.

Y eso no es casualidad.

Nadie gana más que la media haciendo un trabajo cómodo.

Nadie cobra bien por estar tranquilo.

Nadie progresa sin pagar un precio.

Las profesiones bien pagadas suelen compartir una cosa:

Son difíciles.

Así que el pacto implícito es muy sencillo:

Esto es duro, pero por ser duro, cobras más.

Ahora bien.

Si tu trabajo es durísimo…y no ganas bien…

Entonces deja de llorar por la profesión y empieza a revisar tu despacho.

Porque ahí hay algo que no está funcionando.

Y otra comparación que siempre hago.

Hay abogados que dicen:

“Para esto me voy a Mercadona.”

¿De verdad crees que el que trabaja en Mercadona no tiene clientes difíciles?

¿Qué no tiene jefes exigentes?

¿Qué no tiene horarios malos?

¿Qué no llega cansado a casa?

Todo trabajo tiene presión.

Todo trabajo tiene quejas.

La diferencia es que tú elegiste uno de los más exigentes que existen.

Así que acepta de una puta vez que esto es difícil.

Ponte los pantalones.

Madura.

Deja de comportarte como un copo de nieve profesional.

Y luego, desde ahí, haz lo que de verdad importa:

Organiza mejor tu despacho.

Cobra mejor.

Elige mejor a tus clientes.

Pon límites donde tengas que ponerlos.

Pero primero acepta la realidad.

Porque hasta que no aceptes que la abogacía es rock and roll, vas a vivir enfadado con una profesión que no va a cambiar por ti.

Porque aceptando la profesión, tal y como es, sí es posible sobrevivir a la misma. El paso es la aceptación, y con ello, el fin del dolor.

Por todo ello, sí, es posible tener una relación mental sana con esta profesión.

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