Raul es muy majo

Una compañera abogada me contrató para que le ayudase en un conflicto societario.

Tenía un problema serio con su socia y quería salir de la empresa con un acuerdo económico razonable.

Negociamos, discutimos, empujamos…y llegamos a un buen acuerdo.

Todos contentos.

Un win-win.

Días después tocaba ir a notaría a firmar la escritura de compraventa de participaciones. Yo no fui. No suelo ir a notarías salvo que me lo pida expresamente el cliente, porque si todo está bien preparado no le veo sentido.

Para mí, el valor está antes, en la estrategia, en el fondo, en la letra pequeña.

Pero ahí viene lo bueno.

Mi clienta va a firmar con la otra parte, acompañada de la abogada contraria.

Y durante la firma, la parte contraria le suelta:

— Raúl es muy majo.

Sí, sí. Así, textual.

“Raúl es muy majo”.

Y esto, que suena a piropo, en realidad puede traer problemas.

Porque no me lo dicen a mÍ, se lo dicen a mi clienta.

Y la clienta puede verlo como una debilidad.

Pero no lo es.

La realidad es que no soy un abogado agresivo, de hecho todo lo contrario.

Ni soy un abogado gritón o faltón, de hecho todo lo contrario.

Porque entiendo la profesión de un modo diferente.

La entiendo dejando el ego a un lado y pensando en una única cosa; solucionar el problema.

Muchos abogados son el problema.

Su ego es el problema.

Demasiados Harvey Specter suelto por ahí.

Y el cliente queda relegado a un segundo plano.

No es mi caso.

Pero no confundir todo eso con debilidad.

Para nada.

Una cosa son las formas y otra el fondo.

Y con las mejores formas se suele llegar más lejos.

Amable, pero no blando.

Cordial, pero contundente cuando hay que serlo.

Y sobre todo: No confundir majo con flojo.

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