Confesiones de un abogado que se ha equivocado muchas veces
Hoy voy a hacer una confesión.
He cometido muchos errores en mi vida.
Muchos.
Errores como abogado.
Errores como gestor.
Errores con clientes.
Errores con mi salud.
Errores con mi tiempo.
En mi vida…
Y seguramente cometeré más.
Porque hay algo que no se dice suficiente sobre esta profesión:
la abogacía consiste, en gran parte, en equivocarse.
No hablo de mala fe.
No hablo de hacer trampas.
Hablo de errores.
Errores honestos.
Errores que suceden cuando estás trabajando, decidiendo, moviéndote.
Porque el que no se equivoca normalmente es el que no hace nada.
Y sin embargo vivimos con un miedo permanente a equivocarnos.
Curioso.
Porque hay profesiones con mucho más riesgo donde la gente no vive así.
Cuando coges un coche sabes que puedes tener un accidente.
Por eso existe el seguro.
Pero no conduces pensando todo el rato que vas a estrellarte.
Conduces.
En la abogacía pasa algo parecido.
Solo que aquí vivimos como si cada decisión fuese una bomba nuclear.
Y no lo es.
Recuerdo una de las primeras grandes cagadas que cometí.
Un contencioso administrativo.
Recurríamos una resolución del Estado.
Un asunto complicado.
De esos que sabes que es muy difícil ganar, pero se intenta.
No había procurador.
El poder de representación lo tenía yo como letrado.
Llegó el día del juicio y yo tenía otro señalamiento.
Así que hice lo que muchos hemos hecho alguna vez.
Le dije a un compañero:
—Oye, ¿puedes ir tú?
Perfecto.
Nos repartimos las tareas.
Fue él.
Pero cometimos un error.
Un error de esos que parecen pequeños… y no lo son.
El poder lo tenía yo.
Solo yo.
Y al no comparecer el letrado apoderado…
el juzgado nos tuvo por desistidos de la demanda.
Mi compañero hizo todo lo que pudo.
Pero no sirvió de nada.
Hubo que llamar al cliente.
Explicarlo.
Por suerte, tampoco había mucho que ganar en ese procedimiento y el cliente lo entendió.
Pero fue una cagada.
Una de las grandes.
Una de esas que te enseñan que el diablo vive en los detalles.
Otra vez fue en un procedimiento penal.
Otro territorio que no era el mío.
Defendíamos a una empresa, al consejo de administración y a algún trabajador.
Ya sabes.
Una de esas defensas donde representas a demasiada gente a la vez.
Interrogatorio en cadena.
Consejeros.
Trabajadores.
Declaraciones.
Y en una de esas preguntas…
cometí otro error.
Le hice una pregunta a un trabajador que, sin quererlo, le perjudicaba directamente.
Y yo era su abogado.
El juez estuvo rápido.
Me paró en seco.
—Esa pregunta no se contesta. Nombre usted otro abogado.
En ese momento entendí lo que había hecho.
Pedí disculpas.
Todas las disculpas del mundo.
No pasó nada grave.
Pero fue otro recordatorio.
Otro.
También he cometido errores fuera de los juzgados.
Muchos.
He cobrado mal a clientes por “hacerles un favor”.
Luego el favor me lo comía yo.
He presupuestado trabajos ridículamente baratos que luego se convirtieron en meses de trabajo.
He dicho sí cuando tenía que haber dicho no.
He descuidado mi salud física.
He descuidado mi cabeza.
Errores.
Muchos.
En la abogacía se suele decir algo que siempre me ha parecido muy cierto.
Hay dos tipos de abogados.
Los que ya han llamado al seguro de responsabilidad civil.
Y los que lo llamarán.
Porque equivocarse forma parte del trabajo.
Para eso existe el seguro.
Para eso existe la responsabilidad civil.
La negligencia se paga.
Civilmente.
Pero el error honesto es parte del oficio.
El límite está en otro sitio.
En el dolo.
En hacer daño a propósito.
En engañar.
En actuar sin buena fe.
Eso sí es grave.
Pero equivocarse poniendo todo tu saber, toda tu honestidad y toda tu lealtad sobre la mesa…
eso es simplemente ser humano.
Y también…
ser abogado.
2.- de 100 maneras
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