Pesadilla de abogado

Este email lo escribo de madrugada.

Con el corazón aún acelerado.

Después de despertarme sobresaltado… por una pesadilla.

Ahora que las vacaciones empiezan a hacer su efecto —ese relajarse, ese vaciar la cabeza—, ocurre algo curioso:

El hueco que deja el estrés lo ocupan los miedos.

Y a mí, esta vez, se me han colado por la puerta de atrás.

He soñado que en tres casos distintos se me habían precluido tres plazos clave.

Tres cagadas.

Tres negligencias.

Tres clientes perjudicados.

El sueño era nítido, verosímil, diáfano.

De esos que no parecen sueño.

Parecen realidad.

Y en el sueño me venía abajo.

Agobio. Sufrimiento. Miedo.

Pero ahí, en mitad del sudor frío, surgió un pensamiento lúcido:

“Solo es un sueño.

Y si alguna vez pasa, tienes un seguro de RC.

No puedes sufrir más de lo necesario”.

Y quizá el mensaje más potente aún:

“No lo has hecho a posta, has trabajado de buen fe, has errado pero no era tu intención”.

Porque si algún día ocurre de verdad (y todos lo sabemos, alguna vez pasa), hay que hacer tres cosas:

1. Aprender. Para que no se repita.

2. Dar la cara. Y acudir al seguro.

3. Asumir. Que el error no es doloso.

No lo haces a posta.

Es fruto de una mala gestión.

Y eso se puede corregir.

Hoy, por suerte, solo era una pesadilla.

Pero qué forma tiene el verano de recordarnos que descansar no es solo tumbarse.

También es enfrentarse al vacío.

A lo que escondes cuando vas con la lengua fuera.

Hoy duermo un poco menos.

Pero despierto un poco más claro.

Seguimos.


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