¿Y si el árbitro fuera una inteligencia artificial?

Llevamos meses preguntándonos si la inteligencia artificial sustituirá a los abogados.

Depende de cómo lo preguntes o dónde mires.

Por ejemplo.

¿Puede una inteligencia artificial convertirse en árbitro?

Piénsalo.

Dos empresas firman un contrato y pactan que cualquier controversia de menos de 30.000 euros será resuelta por una inteligencia artificial determinada.

Surge el conflicto.

Cada parte presenta sus alegaciones, aporta los documentos que considere oportunos y responde a los argumentos de la otra.

Se cierra el debate.

Y la IA dicta un laudo.

No hablo de que sustituya a todos los árbitros.

Ni de que resuelva cualquier tipo de conflicto.

Pero sí determinadas controversias donde las partes, libremente, hayan decidido confiar en ese sistema.

Al fin y al cabo, el arbitraje existe precisamente porque las partes pueden elegir quién resolverá sus diferencias.

Hasta ahora elegíamos personas.

¿Por qué no una inteligencia artificial?

La verdadera cuestión ya no es tecnológica.

Es jurídica.

¿Lo permitiría nuestro ordenamiento?

¿Qué garantías habría que exigir?

¿Cómo controlaríamos la imparcialidad, la motivación o la confidencialidad?

La tecnología ya analiza miles de páginas en segundos, detecta contradicciones, localiza jurisprudencia y puede construir una decisión razonada.

La miga está en decidir si queremos que lo haga.

Y, sobre todo, aceptar que quizá, dentro de unos años, algunas discusiones mercantiles sencillas se resuelvan en horas, por un árbitro que no duerme, no tiene agenda y no llega al asunto con prejuicios.

Hace no tanto nos parecía imposible celebrar una junta general por videoconferencia.

Hoy nadie se sorprende.

Quizá dentro de unos años ocurra exactamente lo mismo con el arbitraje asistido, o incluso decidido, por inteligencia artificial.

No sé si será el futuro.

Ya veremos.

Pero tengo bastante claro que merece la pena empezar a discutirlo hoy.


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